Sombra y las estaciones

Cuarto título de la colección Tintatinta,  un cuaderno de 40 páginas del poeta Carlos Lapeña Morón e ilustrados por Inés Beckmann que muestran arte en estado puro. Además de unas maravillosas ilustraciones que acompañan cada uno de los poemas, los haikus nos hacen reflexionar sobre el tiempo, la vida y lo invisible a los ojos distraídos.

PVP: 5 €

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Un comentario en “Sombra y las estaciones”

  1. Sé de sobra que en este viaje de cuatro años y unas pocas páginas, antes fueron las palabras y después vinieron las imágenes para acompañarlas. Pero a mí se me da, que en el fondo fue al contrario, que las imágenes ya estaban acabadas y que esperaban la llamada de un poeta para concurrir en la escena pública. Es decir en la edición.
    Al leer los dieciséis haikús que conforman este inmenso libro, no te puedes sustraer a la tentación de recordar a su remoto predecesor, el Elogio de la sombra que en 1933 publicó Junichiro Tanizaki. Manifiesto sobre la estética tradicional de Japón, donde se deja constancia de que la sombra, lo oscuro y lo negro son fuentes inequívocas de belleza, de igual modo que lo son sus opuestos en Occidente.
    Apoyándose en estos principios, sumados al eficacísimo lema de menos es más, Carlos Lapeña firma un documento poético de gran altura que consolida su laureada trayectoria de escritor de literatura infantil y de narrador de cuentos.
    Con las diecisiete sílabas preceptivas que conforman cada estrofa de tres versos, y un montoncito de palabras sencillas, el poeta logra imágenes de trascendencia cósmica a través de sensaciones cotidianas.
    Todo lo exterior que llega por la piel o los ojos, en forma de frío del invierno o de la luz alegre de la primavera, produce en el sensible autor un intenso inventario de sensaciones-reflexiones, habla incluso del amor y de cosas así de importantes.
    Verano
    Todo quietud,
    todo inmóvil, instantáneo,
    a no ser ella.
    La sombra, que siempre es el eco de algo no mayor sino distinto, está presente en todos y cada uno de los poemas, como anuncia el título del libro. Toda sombra necesita para ser eso, sombra, tres condiciones, a saber: un lugar, una topología que la sostenga; un objeto que la produzca y una luz que la demarque por ocultación del objeto. También, como enseña el Dibujo Técnico, habría que distinguir entre sombras propias y arrojadas. ¡ Qué adjetivos tan bellos para una sombra !. Aunque en esta enumeración que puede parecer suficiente, se ha escamoteado el sujeto principal y necesario, que no es otro que el observador avisado, el poeta lector de sombras.
    Como el libro está obligadamente dedicado al Maestro de la poesía japonesa Matsuo Bashó, 1644-1694, vaya para él también mi humilde homenaje, incluyendo en este comentario mi haikú preferido de su excelente libro de viaje Sendas de Oku, que recomiendo leer previamente para sumergirse en la lectura del poemario de Carlos e Inés.
    Monje y rameras
    alberga el mismo techo:
    trébol y luna,
    Parte importante en el éxito seguro que ha de tener el libro, le corresponderá a los serenos y expresivos dibujos de la artista Inés Beckman. Desde la enérgica delicadeza que la caracteriza, aborda el diálogo con los haikús con las mismas armas que usa el poeta: contención, elegancia y rigor. El juego de lo orgánico y lo geométrico busca su analogía con el interior del escritor y lo exterior del universo en cada poema.
    Desde el círculo que es la forma básica para delinear la vida, y por lo tanto lo femenino, la ilustradora crea un compás rítmico y melódico con notas que se repiten y varían, según lo exija la partitura compuesta por el lector de sombras.
    El elemento dominante de sus dibujos es el trazo de lápiz, que se completa en el juego dialéctico de la línea y la masa, con los pigmentos de colores disueltos en agua. La escueta paleta de tierras, amarillos y granates de baja intensidad da el contrapunto al gris del grafito.
    Los suculentos temas vegetales, los árboles desnudos y las vísceras humanas dialogan con el movimiento de los planetas y el devenir de las estaciones en un movimiento que parece no tener principio ni fin, tal vez como sucede en el cosmos finito y dinámico en el que nos encontramos.
    Si alguien esperaba tinta china y trazo caligráfico, tendrá que esperar a otras obras futuras, aquí el camino escogido ha sido otro, y ha sido muy acertado.
    No puedo dejar pasar la ocasión sin felicitar a Quique de la Editorial Discursiva de Pontevedra por esta iniciativa editorial, que a través de estos cuadernillos plástico-poéticos facilita el encuentro de la “eikasia “, esa forma inferior de conocimiento o creencia, la “ doxa “ de Platón, con la que definía a las imágenes de las cosas, las sombras y las invenciones de los poetas.
    Por último, me permito avisar al lector-observador distraído de que se enfrenta a una obra mayor de ambos artistas, por reducida que parezca su extensión, y que en el trabajo del otro encuentra apoyo y refuerzo el sentido de lo narrado por cada uno.

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